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El precio de un Goya

El precio de un Goya

Este fin de semana fue la entrega de los premios Goya, y hubo varias alusiones a las diferencias de proporción de mujeres que trabajan en este sector si la comparamos con la tasa masculina.La protesta es dar voz a este hecho, como símbolo de apoyo a la mujer, para seguir luchando para que pueda tener el mismo acceso al mercado laboral, y al mundo profesional…

Después vino el aluvión de estados compartidos a través de las redes sociales por cantidad de mujeres que se abanderan de esta consigna de la lucha por la igualdad. Mujeres que escriben comentarios hablando de la Academia como cementerio de dinosaurios masculinos, interesados por temas masculinos, y dónde la mujer es sólo un reparto del postre… Seguro que a posteriori habría otra cantidad de comentarios más, para contradecirse, aplaudirse, felicitarse o insultarse a través de la red: el nuevo mundo.

El tema de la mujer sigue siendo el gran enigma del mundo actual,como siempre lo fue, estamos en una encrucijada de la que no parece que estemos creando demasiadas respuestas, pues las propias protestas alimentan el mismo discurso desde el que son creadas.

La propia mujer se siente dividida consigo misma, somos nosotras las que muchas veces no sabemos por dónde parar, como frenar el discurso del “TODO”.

Queremos todo, ser madres, ejecutivas, amigas, tías, estar en forma, pero también queremos tener visibilidad en nuestro trabajo y reconocimiento, además queremos hombres que nos traten como a iguales, pero sin perder el romanticismo, queremos que sean perfectos en lo doméstico, pero que no dejen de ser hombres… queremos que sean comprensivos y sensibles, pero que sean fuertes, y un largo querer de todo que varía de los gustos y discursos de cada una…

Queremos que sean todo, como NOSOTRAS, les hemos comprado el discurso, la sociedad patriarcal, ya no es más patriarcal. Ya es de todas. Nos hemos creído que podemos tenerlo “TODO” y ahora lo exigimos, lo sufrimos, lo luchamos. Porque somos iguales.

Hemos dejado de necesitar a un hombre, para poder usar a varios, o a ninguno, hemos dejado el papel de ser dependientes económicamente para ser independientes y parecernos aun más a ellos. Bienvenidas al mundo de la igualdad, somos iguales. Y cuando digo iguales no me refiero a que cobremos lo mismo, pues a nivel de justicia, está claro que hay cosas que están por hacer.

Pero la pregunta es nos sentimos mejor, somos más felices.

Creo que estamos confundiendo el discurso del capitalismo, con el del machismo, como si todos los hombres fuesen iguales, hemos dejado la subjetividad, y hemos enterrado a la persona, para envolverla de discursos. “Compramos” discursos con los que identificarnos, porque no sostenemos nuestro propio vacío. Salir de ese todo, tan exitoso y prometedor exige asumir responsabilidades y riesgos. Y en muchos casos exige sentirse fuera del otro.

Conocernos, saber lo que habita debajo de todos nuestros discursos, reconocernos en nuestro latido o descubrir que hay de nuestro sentir, lejos de ser la panacea de la aceptación, y de la libertad, también exige un precio. En muchos casos la soledad.

Indagar en el deseo de cada una, exige inventarse, no existe una sociedad perfecta para mujeres, ni para hombres. ¿Cuándo el mundo ha sido hecho a la medida de las expectativas del hombre y la mujer? En qué momento nos hemos creído tan poderosos y poderosas de crear el mundo adaptado a nuestra necesidad. Hemos creído que el mundo es justo o debe de serlo. Pero como definir lo justo, Para quién, con qué criterio.

Y ahí nos perdemos las mujeres, en el eterno discurso del otro, seguimos a expensas, de algo que venga de fuera a salvarnos, antes era un hombre que nos mantendría. Ahora debe de ser un sistema que se nos ajuste, para poder ser “todo”, mujeres, madres , trabajadoras excelentes, y un largo e infatigable etcétera… Le llaman el síndrome del Burnout, que viene siendo estar quemadas.

Como mujer sé que decir esto aun rechina más, parece que es tirar piedras a nuestro propio tejado. Sin embargo, lejos de ser una crítica es más bien una reflexión sobre nosotras mismas.

Sobre lo que podemos y no podemos hacer, lo que de verdad queremos o lo que hacemos porque es lo que se espera de nosotras. Quizá podamos salir de ese “discurso del todo” que nos exige un constante aparecer, definirnos, hacernos valer, trabajar más, aprender más, ser otras y MAS.

Somos lo que somos, y aceptar nuestro límite, nos pone en contacto con nuestra esencia, con nuestro deseo, que no es igual para todas, la mujer es una sola, se inventa a sí misma, y su ser en femenino, no aparece escrito, quién dice que sea mejor un premio que no tenerlo, o ser directiva o no serlo. La medida de las cosas, es la de cada una, y elegir siempre es renunciar.

Pero no renunciar como una frustración, sino también como una  forma de permitirnos ser lo que somos, de protegernos. Renunciar en este mundo actual es un acto de rebeldía, frente al discurso de poder comprarlo todo. Incluso nuestra feminidad. No pasa nada si no somos iguales, si nos dejamos de comparar.

Deberíamos de pensar si podemos hacer de otra manera, poner el valor en nuestro ser con lo que sea para cada una. Salir de lo que nos falta para ser como ellos. Qué pasa si tardamos más en hacer una película, quién decide el tiempo correcto?Lo femenino es también poder salir del dictado de la Norma.

Nos exige salir de ese “Todo” y es a menudo encontrarse sola, sin las referencias evidentes de los discursos absolutos. Quizá más sola y menos entendida pero más viva.

Yo no sé lo que les pasa al resto de mujeres, pero yo para “sentir-me” necesito dejar un espacio.

Todo no cabe.

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